sábado, 8 de janeiro de 2011

Jornada 12. En Lima


Enero 8 de 2011

Amanecimos tras nuestra primera noche en Lima. El hotel tranquilo nos dejó dormir sin mayores disturbios. El desayuno estuvo dividido en dos, Mafe y yo  tomamos el desayuno del hotel que se servía en el sexto piso y consistía en jugo de naranja, café con leche y pan con mantequilla y mermelada. Carlos Omar y Luisa en cambio hicieron desayuno en la habitación y comieron santuchitos con café. En toda la mañana hicimos cosas varias, buscamos un lugar donde mandar lavar la ropa sucia y una agencia de viajes donde preguntar por planes para ir a Cusco y para conseguir un pasaje de regreso a Floripa.



Después de haber analizado la cantidad de kilómetros que debíamos recorrer hasta Cusco para conocer MachuPichu y después de aquellos días recorriendo el norte de Perú con sus carreteras solitarias y su “ambiente” inseguro, habíamos decidido que era mejor ir al Cusco en bus, en vez de llevar nuestra camioneta, especialmente porque el camino era de más de 1000 kilómetros y como no podríamos dirigir en la noche (por cuestión de seguridad) nos gastaríamos al menos 3 días para llegar.

Un poco después del medio día salimos todos a la agencia de viajes. A unas pocas calles del hotel donde nos alojábamos encontramos una zona llena de agencias, hoteles y turistas. Esta zona de Lima es realmente impresionante, esta llena de turistas por todas partes. Señoras, señores, jovenes, niños, gafas oscuras, grandes maletas, havaianas (chanclas Brasileras muy famosas), bermudas, mapas en las manos y un poco de indiscreción hace difícil no notarlos. Argentinos, brasileros, europeos, colombianos, gringos, de todo un poco.

La agencia pequeña era atendida por una mujer peruana muy amable. Su hora de salida era justo el momento en el que entrábamos a su oficina, era sábado y le había prometido a su hijita de 6 años que iba a llegar temprano para llevarla al parque. Lo primero era buscar un pasaje barato a la “ilha da magia” y luego si ver las opciones para MachuPichu. Mientras esperábamos que la aerolínea TACA le diera una razón a la chica de la agencia sobre un pasaje que parecía interesante, esperábamos y hablábamos un poco. Ella conocía un poco Bogotá y Cali, había ido hacía menos de un año y quería volver, pero también quería conocer San Andrés, aquella linda isla en el Caribe, que buena energía.

Casi a las 3 y media de la tarde, después de varias llamadas de la chiquitina afanada por ir al parque y de ninguna confirmación de la aerolínea, salimos de allí. Buscamos un nuevo hotel (más barato) para quedarnos una noche más, trasteamos nuestra camioneta a su nuevo hotel, dejamos las cosas y salimos a dar una vueltecita por Lima. Al final llevábamos dos días y no conocíamos nada. Nos dirigimos a Barranco un barrio tradicional al lado del mar donde hay un montón de bares, restaurantes y hoteles. Sus calles adoquinadas, sus casas con grandes ventanas y balcones, sus colores vivos y sus pasos peatonales recuerdan el barrio La Candelaria en Bogotá, pero el ambiente de costa le da un aire alegre y veranesco particular.


Entramos en un restaurante típico llamado Sogoro Cosongo (igual que aquel grupo de música Brasilero-colombiano) y pedimos varias cosas de la exquisita culinaria peruana:

Entrada: Ceviche y una causa de pollo
Platos fuertes (o segundos como dicen aquí): pescado sudado, pescado a la plancha, chicharrón de pescado y lomo saltado.
Bebida: Jarra de cerveza

Efectivamente la comida peruana merece su fama. Nuestras caras se iluminaban con cada bocado, y nuestros paladares realmente disfrutaban de un manjar delicioso.


Salimos rellenos pero igual era necesario un buen postre (eso si para aquellos que pueden comer dulce) pues el postre va en otro compartimento. A la vuelta de la esquina había un lugarcito de postres casi sobre la calle. Carlos Omar, Luisa y Mafe se samparon un postre de maracuyá y un cheescake que se veían y olían de maravilla y mientras comían fuimos a caminar por Barranco.






Ya casi entrada la noche regresamos al hotel que queda justo en las cercanías de las ferias artesanales. Entonces pasamos por todas las callejuelas de la feria deleitándonos con los colores, texturas, figuras y tamaños. Impresionantes las cosas que se hacen por estos lares y maravilloso el precio. Compramos algunos detallitos y nos adentramos en la camioneta a reorganizar maletas para salir al día siguiente a Cusco. Después caímos profundos.



Costos de la jornada:
taxi: 38
lavada de ropa:25
llamadas: 4
hotel: 120
almuerzo:115
postres. 10.50
regalos:80
total: 392.50 soles
 

sexta-feira, 7 de janeiro de 2011

Joranda 11. Chimbote (Ancash) - Lima Perú


Enero 7 de 2011

A pesar del buen hotel y del lugar amable que teníamos para dormir Mafe y yo no pasamos una noche muy cómoda. Yo porque me la pase peleando contra las almohadas, el colchón, los malos sueños y las cobijas; ella porque con todo ese ajetreo no pudo dormir (valga la aclaración que compartíamos la misma cama). A las 7 de la mañana escuchamos la voz de Luisa diciendo que era hora de levantarnos, pero igual seguimos en la cama por una hora más. Después de un rato de pereza nos levantamos, nos organizamos, hicimos desayuno entre la camioneta, que estaba parqueada en el garaje del hotel, desayunamos (huevos, yogurt, pan con mantequilla y mermelada, cereal con leche y bananos) recogimos nuestras cosas y salimos rumbo a Lima.


De Santa salimos casi a las 10 de la mañana y como nos esperaba un trayecto de más de 300 kilómetros entre el desierto, nos alistamos para ir derechito sin parar. No queríamos demorarnos en la salida y sólo parar una que otra vez a ponerle combustible a la camioneta o a almorzar si es que era muy necesario. Mafe y yo que habíamos pasado una mala noche, dormimos casi todo el camino hasta Lima. Nos echamos en los cómodos puestos de la camioneta y nos desconectamos, ni el calor intenso ni los mosquitos ni el hambre nos hicieron levantar, sólo lo lograron algunos policías de transito que nos pararon varias veces a pedir papeles y una abeja macabra que son su impresionante centímetro de estatura atormentó a Mariafe por unos cuantos minutos mientras caminaba por las ventanas del carro.

El panorama por las ventanas no varió mucho. El Perú que hemos conocido hasta ahora puede resumirse en: desierto desierto desierto, Máncora, desierto desierto desierto Piura, desierto desierto desierto Chiclayo, desierto desierto, desierto Santa y ¿adivinen que? en el día de hoy teníamos para variar el menú: desierto desierto desierto, Lima.

Y al final de la jornada por fin llegamos a Lima. Eeeeee Lima la tan esperada Lima. La desértica Lima. Nos gastamos casi 1500 kilómetros para llegar hasta aquí. Nos gastamos más de 3 días dándole y dándole a nuestro carro sin parar. Nos gastamos un pocononón de combustible. Nos fugamos de dos policías corruptos y vimos más desierto que nunca antes en nuestras vidas y finalmente llegamos a Lima. Pero lo peor es que aún no atravesamos ni la mitad del país. Perú más que grande es largo, larguísimo y una cosa que aprendimos por el camino es que definitivamente es más barato y más fácil andar en bus que en carro propio por este país. Pero bueno, estamos en Lima.

Primero lo primero. COMER. Como nos vinimos derecho, sin parar, estábamos que nos comíamos los unos a los otros. Llegamos al centro, dimos vuelta por aquí y por allá. Nos perdimos como de costumbre hasta que encendimos nuestro GPS inteligente, o sea le dimos un mapa a Mafe y ella con sus habilidades orientadoras (que nadie sabe de donde vienen) nos llevó hasta un barrio llamado San Isidro. Lo más de elegante el barrio, para que le digo que no si, sí. Calles amplias asfaltadas, edificios bonitos grandotes, con ventanas limpias, carros nuevos, casas elegantes, centros comerciales y muchos hoteles. 

Nos metimos a un centro comercial que resulto ser un supermercado con plaza de comidas. Lo complicado fue elegir el menú. La comida era bufet y habían varias opciones de comida local e internacional. Todo estaba etiquetado que pollo oriental, que lomo saltado, que alitas supremas que causa con yo no se qué. El problema es que todas las etiquetas estaban cambiadas en el pollo había papa en la papa había algo extraño y así por el estilo. Al final cogimos cualquier cosa y no me pregunten qué era porque no se decirles. Sabores mezclados, dulce con picante con salado con arroz, caliente con frío con fruta y así por el estilo. El punto es que quedamos llenitos y contentos.

Ya con la panza llena y el corazón contento empezamos la parte aburrida de llegar a una ciudad grande. Intentar contactar a los amigos de los amigos que de pronto nos daban posada o nos aconsejaban un lugar para quedarnos o en su defecto buscar un hotel decente y barato para pasar la noche. De los amigos sólo contestó Lizbet la esposa de Ricardo, el hijo de Don Salvador, un amigo de mi abuelo paterno ó si lo prefieren para hacer más simple las cosas, pueden pensar como yo, Lizbet la esposa de Ricardo, un primo lejano. Entonces la tarea a seguir fue intentar llegar a donde estaba la prima peruana. Encendimos el GPS inteligente y le dimos las coordenadas y “el aparato” empezó a decir direcciones y nombres de calles y orientaciones varias. Evidentemente de nuevo nos perdimos, pero al final, bien al final logramos llegar cerca de la prima. Casi a las 7 apareció Lizbet con su gran sonrisa y una maletota de viaje. Nos saludó como se saludan los primos lejanos que hace tiempo no se ven, con abrazos y sonrisas.

Después de las preguntas varias de qué están buscando, que quieren hacer, que cuales son los planes, que en qué puedo ayudarlos, etcétera y etcétera, nos dimos cuenta que ya no éramos cuatro sino cinco perdidos en Lima. Pues nuestra prima que resultó ser más bogotana que limeña, conoce tan bien la ciudad como nosotros y esta tan desorientada o más que nosotros. Eso sí es una completa dulzura, tiene un acento bien bonito y es súper alegre y amable.

Nuestra prima peruana resultó tener un hermano peruano (él si muy orientado) con agencia de viajes incluida y después de llamarlo y encontrarnos con él salimos a la búsqueda de un hotel en la zona. Además Cristian, como resulto llamarse el primo peruano, nos hizo algunas averiguaciones sobre pasajes a Cusco, planes para MachuPichu y todo eso. Al final nos despedimos de nuestros nuevos primos y nos dirigimos a un hotel bien gomelo que habíamos encontrado mientras estábamos buscando a Lizbet y que pareció ser el único de la zona en el cual cabían nuestra nave.

Entramos, parqueamos, bajamos nuestro desorden de la camioneta, nos instalamos, nos comimos unos sanduchitos hechos en el microondas de la habitación, nos conectamos a Internet, adelantamos el blog, vimos algunas pelis y dormimos placidamente.


Mapa de la jornada:


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quinta-feira, 6 de janeiro de 2011

Jornada 11. Chiclayo (Lambayeque) – Santa (La Libertad) Perú

Enero 6 de 2011

Amaneció en Chiclayo al ritmo de buses, carros y movimiento de personas en el hotel. Aún cuando queríamos levantarnos temprano para intentar llegar lo más cerca posible a Lima, el cansancio del día anterior no nos ayudó con la madrugada. Carlos Omar especialmente estaba aún cansado y sin discutirlo lo dejamos dormir hasta tarde, así todos aprovechamos para descansar también. Tomamos un pre-desayuno en el hotel mientras revisábamos la trayectoria del día en Internet y yo buscaba opciones de pasajes para regresar a Floripa hacia mediados del mes.





Salimos sobre las 10 del hotel en Chiclayo y buscamos un centro comercial donde parquear con tranquilidad y buscar un banco para cambiar dinero. Encontramos un Falavela en medio de las calles congestionadas de la ciudad. Seguramente debido al valor elevado del combustible en Perú, la forma más habitual de transporte público es el mototaxi, que lo cumplen unas motos con cabina que están por todas partes. Estas pequeñas “cositas” de colores se atraviesan, cruzan, pasan, pitan por todas las calles. Y para contribuir a la confusión general, los peruanos dirigen como locos, no le temen a nada, pasan, hacen cruces indebidos, pitan de nuevo y se atraviesan, lo cual hace “muy entretenido” manejar en las ciudades de este país.


Aunque el centro comercial parecía un lugar un poco más seguro decidimos hacer turnos para cambiar el dinero y hacer las comprar necesarias, dejando siempre la camioneta habitada. Desde el impase en Talara había un ambiente de desconfianza y especialmente inseguridad entre nosotros. Carlos Omar fue quien quedó más azarado, no queriendo parquear en cualquier lado y desconfiando de todo un poco.

Desayunamos en el centro comercial, unas empanadas con café, cambiamos el dinero y salimos rumbo a Trujillo. De nuevo el desierto se mostraba impetuoso a lado y lado de la carretera, pero esta vez nos encontramos con pequeños oasis verdes con cultivos y hasta con vacas. Aún cuando a un lado de la carretera había un amarillo desértico al otro como si se tratara de un espejismo, crecía un lindo cultivo de varias hectáreas, con miles de verdes intensos y relieves asimétricos, creando un paisaje surreal.


Paramos a almorzar en algún lugar de la carretera donde se podía parquear la camioneta. Carlos Omar no quería dejarla a la orilla de la vía al lado de algunos otros restaurantes que habíamos pasado algunas horas antes. El restaurante con aspecto de asadero se especializaba en cuys, patos y cecina. Nosotros optamos por una fuente de cecina con yuca, ensalada, arroz y cancha con nuñe. Traducción: una porción grande de carne de lomo frita con yuca, ensalada (cebolla picante), arroz y un revuelto de maíz y un tipo de frijol blanco tostado. Y como en cualquier comida peruana que se respete, no puedo faltar la inca-cola, que es la gaseosa local, como la colombiana o el Guaraná en Brasil.



Después de comer seguimos entre desierto y más desierto. A pesar de las condiciones hostiles alrededor, la carretera esta perfecta, ni un hueco o imperfecto y lo único que nos detuvo varias veces fue la policía.  A pesar de nuestro impase el día anterior los tombos esta vez se portaron muy decentemente, todos tenían algún comentario amable sobre Colombia y hasta preguntas sobre modismos usados en las novelas. Uno de ellos quería saber qué era “care-chimba” expresión que habían oído en la telenovela “el cartel de los sapos” a lo que casi no podemos responderle. Y otros nos daban indicaciones sobre la carretera o las distancias. Ninguno quiso pedirnos dinero ni nada por el estilo.

Finalmente sobre el final de la tarde llegamos a Santa un pequeño pueblito antes de Lambayeque con un aspecto tranquilo y hospitalario. Conseguimos un pequeño hotel con un gran parqueadero y nos instalamos. Salimos en la noche a caminar un poco y a buscar algo de comida. El menú fue sopa de pollo, Lomo saltado y otras cositas varias. Compramos algunas cosas para el desayuno entre ellas pan vendido por mujeres con un gran canasto sentadas en las esquinas del parque principal, algunos bananos y unos yogures.

Volvimos al hotel temprano a descansar tras otra larga jornada en el desierto. Al día siguiente debíamos llegar hasta Lima, para lo cual tendríamos que recorrer casi 400 kilómetros de más desierto, había que recargar las baterías.



Cuentas de la jornada:
Jugos y galletas: 5,10
Desayuno: 26
Diessel: 162
Almuerzos: 54
Comida: 10, 40
Compras varias: 18,30
Hotel: 50
TOTAL: 325,8 Soles




Mapa de la jornada:
Kilómetros: 352


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quarta-feira, 5 de janeiro de 2011

Jornada 10. Mancora (Piura) - Chiclayo (Lambayeque) Perú

Enero 5 de 2011

Hoy fue un día largo, raro, difícil, asustadizo, preocupante y feo, pero de cierta forma también divertido. Aunque es bueno poder decir “menos mal que finalmente se terminó”.

Todo comenzó bien. A las 7 de la mañana nos levantamos en el cuarto de hotel en Máncora. Esa pequeña ciudad turística alrededor de una playa hermosa en el pacífico. Mi padre (Carlos Omar) y mi hermana (Laura) salieron a correr bien temprano por la Panamericana hacia el sur, mientras mi madre (Luisa) y yo salimos a caminar por la playa, nos metimos al mar y disfrutamos del esplendido paisaje adornado por surfistas de todas las formas que se entretenían con las impetuosas olas del pacifico, que a esta altura del continente no tiene nada de calmado.

Regresamos al hotel todos al mismo tiempo (por pura casualidad) y nos turnamos para bañar, hacer desayuno (en la cocina comunitaria del hotel), entrar a Internet y recoger las cosas. Desayunamos juntos en un espacio comunitario mientras alrededor también lo hacían una familia francesa y una pareja peruana.

Parqueado al lado de nuestra camioneta había llegado la noche anterior, un súper 4x4 también adaptado para servir de carro-casa. El carrazo que parecía salido del Rally Argentina- Chile (ex Paris –Dakar), estaba lleno de calcomanías de varios países y para nuestra sorpresa contaba con placas oriundas de Francia. Efectivamente pertenecía a aquella familia francesa que desayunaba a nuestro lado. Una pareja joven (de no más de 35 años) y dos hijitos pequeñitos divinos de 4 y 5 años, componían la familia viajadora que por casualidad compartía hotel con nosotros por una noche.



Mientras íbamos y veníamos trayendo y llevando cosas de la camioneta nos cruzábamos con los franceses, hasta que en un momento Thomas, como resultó llamarse el papá francés, se me acerca a preguntarme (en un español perfecto) si tenia un mapa de Colombia, pues no habían podido conseguir uno y quería saber como llegar hasta una pequeña ciudad al lado de Bogotá, llamada Chía ¿pueden creer la coincidencia?. Cuando le dije que nosotros vivíamos en Chía, la pequeña conversación de hall se convirtió en un largo intercambio de tips de viaje, de correos electrónicos y de detalles varios. Ellos vienen viajando desde Argentina donde llegaron en avión y donde recogieron su carro que enviaron en barco desde Francia. Tienen 6 meses para recorrer casi toda America Latina y ya han pasado por Argentina, Chile y Bolivia. Uno de los grandes intercambios de viaje fue un panorama detallado de la ruta hasta Machupichu así como de hoteles, zonas de camping y cuestiones de seguridad. El habló con detalle de Perú y Bolivia y yo le hablé de Ecuador y Colombia.

Mientras tanto mi padre revisaba la camioneta, rutina que realiza cada dos a tres días, pero para su sorpresa y la nuestra, el radiador estaba roto. Al parecer había un pequeño agujero, del cual goteaba el refrigerante. Realmente estábamos en problemas., ¿donde carajos íbamos a encontrar que lo repararán?. Un poco de jabón de ropa en barra diluido en agua sobre el “presunto” hueco ayudó a detener la fuga mientras salíamos del hotel y llegábamos a una ciudad mediana donde arreglarlo. Saliendo de Máncora hacia el sur, el desierto empieza a pronunciarse y la Panamericana se convierte en una carretera desolada en medio de la nada. El pueblo más cercano con apariencia de poder solucionar nuestro lío era Talara y hacia él nos dirigimos. Tuvimos que salir de la Panamericana como unos 10 kilómetros o más por entre una carretera pequeña alrededor de la cual solo había desierto, pocas y tristes casas en madera y mucha basura.

Parqueamos en el primer lugar donde nos dijeron que podríamos reparar el radiador. Estábamos en la entrada del pueblo, un lugar bastante pobre. Del taller salió un chico no mayor de 24 años y era él quien iría a reparar el radiador. Dio una mirada general y comienzó a desbaratar el motor. De repente llegó la policía en un camioneta. Se parquearon detrás de nosotros y nos hicieron señales para que nos acercáramos. Nos pidieron los papeles del carro y nuestros pasaportes. Después de chequear que todo estaba en orden nos dijeron que estábamos en un sitio peligrosísimo, en el cual roban en bandas de 15 y que justo en ese momento había un grupo de personas mirándonos desde los alrededores, menor dicho que estábamos en serios problemas. Claro también dijeron que ellos “muy amablemente” podían quedarse cerca de nosotros, cuidarnos y acompañarnos de regreso a la Panamericana cuando todo se solucionara, eso sí no por menos de 100 soles (“…la policía te esta extorsionando, dinero, pero ellos viven de lo que tu estas pagando…”).

Unos minutos después uno de los tombos se acerca a Laura y a mi, que estábamos dentro de la camioneta, nos muestra su fusil y nos pregunta si teníamos uno igual en nuestra casa (¿perdón?) le dijimos que de ninguna forma, que como se le ocurría y el terminó diciendo algo como “si verdad son las FARC los que tienen unos de estos” (¿este tipo de sujetos van a “cuidarnos”? ¿y quien nos cuidará de ellos?). Así empezó el pequeño infierno en Talara “cuidados” por dos policías armados y en medio de un pueblo que nos miraba con cara de pocos amigos.

Mi padre y el chico del taller terminaron de desmontar el motor, bajaron el radiador y se pusieron en tarea de encontrar el hueco y taparlo. El calor, los moscos, los ojos extraños inventariando la camioneta, dos policías con fusiles y una sensación de ansiedad se apoderó de nosotros por un poco más de una hora. Finalmente después de una hora (que pareció un siglo) arreglaron el daño y empezaron a montar todo de nuevo. Justo ahí los tombos se acercaron para decir que iban a dar una vuelta y que ya venían (estaban esperando sus 100 soles). El arreglo costó 25 soles y 7 más que le dimos al chico mecánico, que había tenido la mejor actitud en medio de un panorama tan desolador. Prendimos el carro y nos quedamos esperando a los tombos, que ya se habían alejado hacía más de 20 minutos. El chico mecánico ya nos había dicho que Talara no era tan peligroso, que si tenia sus problemas pero que los tombos exageraron para “picarnos” es decir para sacarnos la plata. Eso lo sabíamos desde el principio, pero volarse de la policía nos parecía aun mas complicado. Èramos extranjeros y teníamos que tener en cuenta que los se habían quedado casi por una hora bajo el sol parqueados a nuestro lado, obviamente querían los 100 soles.

Esperamos 5 minutos, 10 minutos, 15 minutos y no se venían por ningún lado. Decidimos salir volados a la Panamericana. Al final los que estaban haciendo algo ilegal eran ellos. Mi padre andó a más de 100 km por hora por las pequeñas calles de Talara. Alejándonos de lugar con un poco de pánico, todos mirábamos por todas las ventanas de la camioneta con la angustia de ver el carro de la policía siguiéndonos. Luego que salimos a la vía principal no podíamos dejar de pensar que nos habían reportado con sus “parceros” policías y mas adelante nos pararían con quien sabe que historia. Seguimos por la Panamericana al sur a más de 100 en medio de la tensión. Estar lejos de Talara nos daba un poco de tranquilidad pero la idea de ser reportados a la policía no salía de nuestras cabezas.




Saliendo de Talara el paisaje se convierte en un completo desierto. Para llegar a Piura hay que recorrer 120 kilómetros donde no se encuentra nada o casi nada, solo una carretera en medio del desierto, ni gente, ni casas, ni carros, ni nada. Y nosotros que éramos fugitivos de la policía pasamos ese lugar sin parar ni un minuto, ni para mirar a atrás, ni aún cuando se cayeron dos puntillas de las que se sostienen las bicicletas en la parrilla de la camioneta nos detuvimos. Pasamos Piura tanqueamos y sin bajar los 100 kilómetros por hora pasamos el desierto de Sechura con rumbo a Chiclayo, en medio de un ventarrón tremendo que sacudía la camioneta de lado a lado y exigía del piloto una gran habilidad para sostenerla estable. Queríamos estar lo más lejos posible de Talara y no queríamos saber de la policía. No paramos ni a comer. Hicimos un almuerzo veloz en medio del movimiento aprovechando las latas de atún y verduras que teníamos en nuestra cocina para hacer un pequeño revuelto de todo. Sólo cuando llegamos a Chiclayo y que encontramos un hotel donde resguardarnos, respiramos de nuevo.



Ahora son las 9 de la noche. Estamos en un hotel sanos y salvos pero cansados, no sólo porque la jornada fue larguísima, sino porque gastamos todas nuestras energías en esas horas de angustia. Mi padre esta rendido, él dirigió todo el camino sin descanso. Chiclayo tampoco es una ciudad muy amable, o por lo menos no en la zona donde conseguimos hotel por eso decidimos ni salir, pedimos unos sándwiches a domicilio y nos los estamos comiendo entre la cama. Tenemos Wi-fi y ducha con agua caliente, por hoy solo nos queda descansa y esperar que el camino a Lima tenga una cara más amable.

Cuentas de la jornada:
Jugos de naranja: 6
Diessel: 126
Radiador: 25
Propina: 7
Gaseosas: 4
Compras en droguería: 3
Comida: 38
Parqueadero: 3
Hotel: 65
TOTAL: 277 Soles

Mapa de la jornada:
Kilómetros: 385


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terça-feira, 4 de janeiro de 2011

Jornada 9. Naranjal (Guayas – Ecuador) – Máncora (Piúra, Perú)


Enero 4 de 2011

Muy a las 7 y 15 de la mañana, que en la oscuridad de nuestro cuarto parecían las 5 de la madrugada, nos despertamos con los gritos de un señor en la puerta pidiéndonos que corriéramos la camioneta que estaba obstaculizando el paso de su carro. Aunque desde esa hora hicimos varios intentos por levantarnos, sólo conseguimos hacerlo después de las 9. Agua caliente, baño privado y televisión por cable demoraron un poco nuestra salida. Desayunamos por turnos en un restaurante al lado del hotel y terminamos saliendo a las 10 y 30 con la mirada fija en la frontera. Unos minutos antes del medio día estábamos ya en Huaquillas en la frontera con Perú. El panorama general había cambiado radicalmente. Durante toda nuestra travesía por Ecuador habíamos encontrado siempre una gran cantidad de árboles, selva y mucha agua que rodeaba la carretera, pero cerca de la frontera el paisaje se parecía cada vez más al de la Guajira Colombiana, árboles pequeños, tierra desértica y poca agua dulce rodeaban la carretera. 



Antes de llegar al río que marca la frontera, encontramos la Aduana donde el carro presentó sus papeles y de nuevo sin fila, sin problemas y sin preguntas salió fácilmente de Ecuador. Nosotros seguimos hacia el paso internacional buscando la oficina de migración para sellar nuestros pasaportes. La parte ecuatoriana de la frontera esta dividida en dos, por un lado una gran autopista de doble carril completamente desolada y por el otro una pequeña calle rodeada de tiendas construidas en madera y con una pequeña oficina de migración e inmigración.  Como hay poca señalización (por no decir ninguna) y pocas personas a las cuales preguntar seguimos por la superautopista (desconociendo el otro camino) y llegamos al Perú sin haber salido oficialmente de Ecuador. La policía peruana nos devolvió a tierras ecuatorianas y terminamos llegando a la pequeña callecita donde encontramos varios buses, carros privados y muchos extranjeros intentando entrar o salir del país.



Hicimos fila por menos de 10 minutos justo detrás de una pareja de orientales con un pasaporte llenísimo de sellos de todos los países imaginados. Sellamos y salimos ahora si rumbo a Perú. La oficina de la aduana y de inmigración de este país es aún más “improvisada” que la Ecuatoriana. Unos containers convertidos en oficinas al lado de la Panamericana, constituyen toda la “estructura” de recibimiento al extranjero. Recibimos una nueva Tarjeta Andina (en Ecuador nos habían dado otra) sellaron nuestros pasaportes y listo, estábamos oficialmente en tierras Peruanas. La camioneta entró con algo más de demora que nunca, le pidieron varios datos para ingresarlos al sistema, le revisaron todos los documentos y la fumigaron por fuera.

Mientras terminábamos de hacer esas vueltas, vimos un par de europeos yendo de un lado para el otro buscando transporte hasta Tumbes (el primer pueblo Peruano). El bus en el que viajaban (y en el que aún iban sus maletas y un amigo) los había dejado, ya que cuando estaban en inmigración peruana, después de hacer todo el proceso en Ecuador, la policía peruana se había dado cuenta que en Ecuador se habían “olvidado” de sellar sus pasaportes y mientras regresaban al otro lado de la frontera, el bus arrancó sin ellos. Decidimos llevarlos hasta Tumbes. Eran dos franceses jovenes, sólo uno hablaba español (había vivido por tres años en México cuando estuvo casado con una estadounidense) y el otro sólo francés, aunque cuando se bajó del carro nos dijo un “Muchas Gracias” clarísimo.  Habían volado desde Francia hasta Quito y aprovechando la cercanía querían conocer un poco de Perú. Los dejamos en Tumbes en la oficina de transportes para que cogieran un nuevo bus para llegar hasta donde estaban sus maletas, en una ciudad más adelante. Nosotros cambiamos dólares por soles a 2,75 en un banco, almorzamos y fuimos a una oficina de turismo a pedir información y mapas del país.

Perú para nosotros es más barato, la comida, el hospedaje y las cosas en general son baratas ya que un Sol equivale a 730 pesos (aproximadamente). Sin embargo el combustible es mucho más caro, casi 7 veces más que en Ecuador y 1000 o 2000 pesos más que en Colombia. Lo cual encarece nuestras jornadas ya que debemos atravesar casi todo Perú de norte a sur para llegar a Machu Pichu, lo cual implica bastante combustible.

Delante de Tumbes sólo pasamos una pequeña requisa policial, en la que revisaron nuestros pasaportes, los papeles del carro y dieron una mirada general al exterior de la camioneta. Estábamos un poco desconfiados porque llevábamos 2 tanques de 5 litros con Diessel en el techo. Pero rápidamente nos tranquilizamos al ver que todos los carros en Perú, los pequeños, grandes, de servicio público o privado se las dan de camiones cargando de todo en el techo: listones de madera, muebles, caña, frutas, tanques, personas, entre otras cosas.



El policía que nos recibió (un señor de unos 50 años) nos trató muy amablemente e incluso nos dio un montón de información sobre las carreteras y las distancias. Pocos kilómetros delante de la frontera encontramos de nuevo el Pacifico que se mostraba azul radiante en contraste con el horizonte medio desértico. Andamos por unas 4 horas hasta que llegamos a Máncora donde decidimos quedarnos por una noche.

Máncora es una ciudad, mas bien un pueblo excepcional. Queda a la orilla del Pacifico y tiene una gran estructura turística con un estilo propio. Aunque esta llena de hoteles y restaurantes no tiene grandes edificios, por el contrario casas de uno o máximo dos pisos que hacen de hoteles y posadas, cada una de las con una presencia y un estilo diferente. Hay unas más naturales adornadas con guadua, otras con ladrillo a la vista, otras más con paredes decoradas de colores y así por el estilo.  A la orilla del mar hay un pequeño malecón peatonal lleno de artesanías, restaurantes y bares. Turistas de todas las nacionalidades deambulan por sus calles, restaurantes y hoteles. Peruanos, Ecuatorianos, Colombianos, Argentinos, chilenos, Estadounidenses, Franceses y varios otros. Su vocación turística internacional se evidencia en los nombres de sus establecimientos, la mayoría en ingles, así como en sus cartas bilingües. Mochileros, loquitos, familias y hasta actores de televisión deambulan por las calles de Máncora y aunque hay muchas personas el ambiente del lugar no lo hace hostigante o pesado como Montañita o cualquier otra ciudad turística. Y lo mejor de todo, a un precio accesible, muy barato. Buen destino turístico si lo que se quiere es buena fiesta, bellas playas y no gastar mucho dinero.



Hotel en Máncora

Dimos unas vueltas por el lugar buscando una zona de camping y finalmente encontramos un hotel tranquilo de tipo hosting International con zonas comunes para cocinar, a bajos costos, zona de camping, piscina y otras cosas varias. El lugar conjugaba construcciones de cemento con madera y áreas al aire libre con árboles. Aunque el camping estaba lleno, el precio de las habitaciones nos pareció muy cómodo, así que nos quedamos. Nuestros vecinos de hotel parecían de varias nacionalidades, españoles, argentinos, estadounidenses, franceses, italianos y peruanos fueron algunos de los que me cruce por ahí.

Dejamos las cosas y salimos a comer y a tomarnos unas cervezas en la playa. Nos sentamos en un restaurante en el malecón y comimos pescado con arroz y ensalada y nos tomamos unas Cusqueñas negras y unas Pilsener. Caminamos un poco hasta la plaza de artesanías donde compramos algunas cosas a buenos precios. Yo fui a chismosear algunas frutas para el desayuno. Me sorprendió en especial una que no conocía y que en la zona llaman “pepino” aunque no es como el que conocemos para la ensalada, más bien tiene apariencia de pomarosa pero con olor y sabor a melón, aunque un poco más dulce.






De regreso al hotel aprovechamos para adelantar el blog, revisar correos, escribirnos con algunos contactos peruanos, leer el periódico y reportarnos con nuestros amigos y familiares, gracias a la red Wi-Fi del hotel. Finalmente fuimos cayendo uno a uno en el cuarto de hotel, a pesar de las  risas y conversaciones ajenas de algunos adolescentes europeos hablando estupideces de madrugada en el  hall del hotel, al final no todo puede ser perfecto.


Cuentas de la jornada:
Desayuno: 10
Aceite para la Camioneta: 39, 60
Peajes: 1, 25
Combustible: 11,40
Fumigada en la frontera: 1 por nuestra cuenta y 2 por cuenta de los franceses
Almuerzo: 31 Soles
Comida: 45 Soles
Compras para completar comidas: 10 Soles
Artesanias: 12 Soles
Hospedaje: 80 Soles

TOTAl: 63,25 Dolares y 178 Soles
(Para que hagan sus cuentas 1 Sol = 730 Pesos ó 1 Sol = 2,85 US)





Mapa de la jornada:

Kilómetros: 326


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Jornada 8. Cadeate (Santa Elena) – Naranjal (Guayas) Ecuador


Enero 3 de 2011

Otro día más en las costas del Pacífico ecuatoriano. El día amaneció con mucho frío y como teníamos planes de irnos temprano, no hubo chance de salir a correr, lo cual es una pena, porque esta era la última mañana en las playas de Ecuador. A las 7 y 15 ya estábamos todos levantados recogiendo cosas y haciendo desayuno. Hemos ganado mucha práctica en organizarnos, levantar el camping y salir. En menos de dos horas habíamos recogido todo, hecho desayuno y desayunado, nos habíamos bañado, habíamos hecho almuerzo para llevar, nos habíamos despedido de Isaura y Javier que con tanto cariño nos habían consentido por un par de días, le habíamos dado una caricia de despedida a Sabú y salíamos de Cadeate tomando de nuevo la Ruta del Sol.



Nuevas, hermosas y extensas playas acompañaron nuestra mañana mientras continuábamos acercándonos a la frontera con Perú. Nuestro primer objetivo del día era llegar a Guayaquil, para recoger un dinero y hacer algunas otras cosas varias. Sin embargo cuando pasamos por el desvío hacia Salinas no pudimos evitar entrar a echar un ojito. Salinas es una ciudad turística con una playa gigante rodeada de edificios de hoteles y conjuntos vacacionales. Gente en las calles ofreciendo apartamentos o cabañas por días, parejas de europeos deambulando con sus rubios cabellos y sus grandes maletas, así como los precios elevados en TODO, nos mostraban que la temporada turística empezaba con todo fulgor.

Recorrimos algunas calles buscando un café Internet y al final terminamos topándonos con una red WI-FI libre que andaba por las calles. Parqueamos la camioneta en una sombra donde el computador marcaba 4 rayas de señal, encendimos el convertidor de energía, instalamos la mesa y violá, ahí teníamos nuestro propio café Internet. Adelantamos el blog, vimos nuestros correos, twitiamos un par de cosas y aprovechamos el tiempo y la gran esquina donde estábamos (justo a media cuadra de la playa) para almorzar. El menú fue un arroz atollado, que habíamos puesto en nuestra olla arrocera desde por la mañana en Cadeate, con algunos champiñones con mazorca, tomates en rodajas, frijoles verdes en lata y agua helada.

Después del almuerzo salimos rumbo a Guayaquil, a donde llegamos unos minutos después de las 4. Nos dirigimos al centro y buscamos un parqueadero para dejar la camioneta. El centro de Guayaquil recuerda un poco a la Bogotá de hace algunos años, medio desordenado, sucio, peligroso y con pocos espacios verdes. Como el lugar de envió de dinero cerraba a las cinco y ya eran las 4 y 30 Carlos Omar y Luisa salieron volando y nos dejaron a Mafe y a mi en el parqueadero sin mucho que hacer y muriendo del calor. Después de dar una pequeña vuelta a la manzana y darnos cuenta que no había nada mejor que hacer que regresar al parqueadero y esperar pacientemente, nos sentamos a hablar con la dueña del lugar. La mujer, una Guayaquileña (o como quiera que se le diga a los oriundos de Guayaquil) nos entretuvo durante una hora, hablando de todo un poco y hasta nos regaló una cerveza, para la sed.






Después de la charla y de conseguir el dinero, parqueamos la nave en otro lugar cerca al malecón y caminamos en la orilla del río Guayas. El malecón cambió radicalmente la imagen de la ciudad y ayudó notablemente con su seguridad desde finales de los 90, fue uno de esos cabezazos de la gestión ciudadana, como en Medellín o Bogotá. Nos tomamos unas cervezas, un café y unos jugos en un restaurante del Malecón y salimos volando de Guayaquil, para dormir en alguna ciudad bien cerca de la frontera.


Casi a las 9 de la noche llegamos a Naranjal en la provincia de Guayas, cerca de la frontera. Encontramos un hotelito amable a un precio accesible (30 dólares los 4), llamado Las Delicias; parqueamos la camioneta y salimos a buscar algo de comer. Por casualidad o destino llegamos a un pequeño restaurante-pizzería atendido por un Cubano. Nos comimos una rica pizza aderezada con buenísima energía venida del Caribe y nos fuimos a dormir cerca de las 11 y media, pues debíamos descansar para pasar la frontera al día siguiente.

Costos de la jornada:
Peajes: 2
Diessel: 14, 25
Llamadas 4,50
Helados: 2, 40
Baño: 1
Bananos: 0,50
Parqueadero Guayaquil: 2,50
Taxi: 2
Bebidas en el malecón: 11,40
Comida: 10, 30
Hospedaje: 30
TOTAL: US 80, 85

Mapa de la jornada:
Kilómetros: 350 km



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segunda-feira, 3 de janeiro de 2011

Jornada 7. Manta (provincia de Manabi) – Cadeate (Santa Elena) Ecuador


1 y 2 de enero de 2011

El 2011 nos despertó con un silencio impactante. Como todo el  mundo se fue a dormir tarde o más bien muy temprano, a las 7 y 30 de la mañana no se escuchaba ningún ruido humano. Entonces desperté a Omar para ir a correr. La playa estaba mucho más vacía que el día anterior pero llegando al puerto habían más de 300 sillas y parasoles. Era seguro que los habitantes de Manta y de los pueblos de alrededor tienen la costumbre de pasar el primero de enero en la playa, y desde temprano las cosas estaban listas para recibirlos. Algunos borrachos y surfistas durmiendo abrazados a sus botellas o a sus tablas completaban el panorama del lugar.

El cielo estaba bastante nublado y no había suficiente “ambiente” para entrar al mar. Así que optamos por subir a la “suite” y hacer un buen desayuno. Al pasar por el restaurante del hotel nos antojamos de jugo de naranjilla y luego yo decidí pagar un desayuno continental del hotel, porque mi glicemia se sentía un poco baja y el desayuno casero iba a demorarse. Mafe y luisa que andaban viendo peces fosforescentes en el mar, volvieron a desayunar y luego que todos comimos hicimos comisión para organizar, recoger y salir.

Era un poco más del medio día cuando dejamos el hotel, y ya en ese momento mi glicemia estaba realmente mal. Mareo, dolor de cabeza y una sensación de desmayo, anunciaban una tarde horrorosa. Llegamos al puerto donde habían varias cevicherías y restaurantes. Allí pedimos ceviche de camarón, camarón al ajillo, pescado apanado y yo comencé seriamente una dieta de hipoglicemia, así que mi almuerzo fue pescado a la plancha con ensalada, el cual llego justo en el momento en que estaba desmayándome.

Desde ahí en adelante hasta casi las 9 de la noche la hipoglicemia me maltrató como ya hace varios años no lo hacia. Ni el maní, ni el queso, ni los yogures dietéticas conseguían recuperarme. Sólo hasta el final de la noche durmiendo un poco, gastando poca energía en estar despierta y comiendo cada 3 horas, logré volver a mi estado natural.

 

Mientras yo dormía y me quejaba en la silla de la camioneta, Carlos Omar, Luisa y Mafe se deleitaban con un panorama espectacular de playas paradisíacas y pequeñas villas de pescadores. Pasamos el Parque Nacional Natural Machalilla,  y un montón de santos entre San Mateo, Santa Marianita, San Lorenzo, Santa Rosa, San José podíamos haber hecho una linda catedral, seguimos por más y más pueblo en lo que llaman la Ruta del Sol hasta que finalmente llegamos a Montañita.

Hum Montañita! imaginen El Rodadero en Santa Marta en plena temporada,  muchísimos turistas, carros y gente por todas parte, pero el espacio es muy pequeño, todo esta medio espichado y carísimo, de gran nivel, hoteles caros, llenos de turistas extranjeros, monos, lindos surfistas, wi-fi por todas partes, miles de letreros de clase de surf, alquiler de tablas, avisos en ingles y en términos generales, ningún lugar apropiado para nosotros.  Las zonas de camping parecían espacios de refugiados, carpas aglomeradas, basura, platos sucios, botellas vacías, gente tirada en el piso pasando el guayabo y nada de agua. No, definitivamente ese no era lugar para nosotros. Dimos vueltas de un lado para otro y no encontramos nada. Decidimos regresar al pueblo anterior pero no había zona de camping. Regresamos un pueblo más que además de no tener agua, no habían hoteles disponibles ni lugar para instalar la carpa o la camioneta.


Tras devolvernos tres pueblos, volvimos a montañita donde era el único lugar de camping, pero definitivamente ahí no era posible quedarnos ni por una noche. Seguimos hacia delante, encontramos Manglar Alto y no encontramos nada pero luego llegamos a Cadeate un pequeño caserío a cinco minutos de montañita, bastante tranquilo y con 3 kilómetros de playa paradisíacas. Mafe y Luisa pasaron como 15 minutos o más explicándole a los encargados del Hostal Puerto del Sol en qué consistía nuestro sistema de vivienda. Finalmente aceptaron y nos instalamos en un lugar fantástico. Yo sin embargo seguía en crisis, así que apenas parquearon y abrieron la carpa del segundo piso me tire a descansar y a intentar nivelar mi cuerpo.



Ellos instalaron la carpa de piso, salieron a comprar algunas cosas en una tienda cercana, hicieron comida y hasta extendieron la ropa húmeda que traíamos. Al final se durmieron, como yo que ya a las 10 de la noche estaba sintiéndome mucho pero mucho mejor.

Algunos zancudos bandidos que se colaron en la carpa y especialmente Mafe haciéndoles cacería, armada de una pequeña linterna fue el único percance de la noche. Pero después de poner repelente por todas las esquinas y de estampar a uno que otro contra las paredes, pudimos descansar hasta casi las 9 de la mañana. El desayuno ahora costó de una dieta para hipoglicemia (huevo duro, pan integral, te en agua con un poco de leche y fruta) y un desayuno normal para los alentados de huevos con salchichas, café, pan con mantequilla y mermelada y piña. Como yo andaba intentado normalizar mi cuerpo y no exigirle mucho después de esa crisis del día anterior decidí quedarme entre la camioneta, escuchando al Teatro Mágico (para los que no conocen es una banda de música independiente Brasilera que es absurdamente buena) y adelantando todos los textos del blog.

Mafe, Carlos O y Luisa tomaron sol y jugaron en las olas, hasta que la fuerza del mar les dio un pequeño susto queriendo llevárselos lejos de la orilla, pero nada grave, solo un llamado de atención para no irse muy al fondo. Amorzámos en el hotel, el menú hecho por Isaura y Javier los encargados del hotel que son un par de amores, fue sopa de pollo, arroz, ensalada, patacones, pollo a la plancha y jugo de piña.


Después de comer, Carlos Omar y Luisa fueron a dar vuelta por el caserío buscando llamadas internacionales, mientras tanto Mafe se bañaba y yo tomaba sol y leía algunas páginas del libro “Garotas de Fábrica” de Leslie T. Chang que una gran amiga me regaló de cumpleaños. Cuando Mafe fue a la playa a hacerme compañía me lancé al mar (con precaución) y luego me senté a emparejar mi bronceado degrade ( que gane en toda la primavera gracias a salir a correr en pantalonetas de diferentes tamaños) y a leer mientras llegaba el atardecer. Carlos O y Luisa llegaron a dormir en las hamacas y a los pocos minutos empezó el gran show del día. Un atardecer espectacular que comenzó naranja y empezó a pasar por rosados, fucsias y rojos nos deleitó mientras tomábamos mil fotos y jugábamos con Sabú, el juguetón perro del hotel que además de alguien con quien jugar esta MUY necesitado de una perrita con la cual gastar sus hormonas de adolescente.





Después que oscureció nos sentamos en la camioneta a organizar detalles del camino a seguir y a hacer cuentas. Estando en esas llegó Isaura con una sonrisa amable a invitarnos a un café el cual aceptamos con placer. El café servido en la mesa constaba de leche, café, pan con mantequilla, arroz, verdes (patacones) y pollo a la plancha. Cuando le dijimos que nos daba “pena” y le dimos las gracias ella solo respondió “no van a encontrar a nadie que tenga un corazón tan grande como el Mio”. Eso es lo más bonito del viaje, encontrarnos con personas como Isaura o como Diana allá en el Bordo, que nos hacen sentir queridos y que nos recuerdan que las personas son bellas en todas partes, mejor dicho como bien diría Gentileza en Río de Janeiro “Gentileza gera Gentileza” o como diría Drexler “uno da lo que recibe, luego recibe lo que da”… asì de simple es la vida.









Tras nuestra comida familiar y de acomodar las camas, nos sentamos a escribir para el blog y así dejar los textos listos para cuando tengamos acceso a Internet subirlos. Son ahora las 11 y 10 de la noche, yo estoy terminando este texto, mientras Mafe tiene una guerra contra los zancudos al interior de la camioneta. Cada vez que mata uno nuevo el nivel sube, el siguiente es mas veloz y mas vivo. Al paso que va creo que debe ir en el nivel 6 aunque su poder ha estado agotándose, porque ya uno que otro me han picado…pero creo que por hoy la energía se acabo, mañana será un nuevo día en el que debemos salir de aquí y buscar un nuevo hogar más cerca de la frontera con Perú. Buenas noches quería gente. Dulces sueños y pocos zancudos para dormir bien. Hasta otro día.

Costos de la jornada:
Jugos en el hotel: 1,50
Desayuno en el hotel: 2,50
Lavada de pantalones en el hotel: 2
Almuerzos 1 enero: 19,50

Comida crisis de glicemia: 3,60
Almuerzos 2 de enero: 10
Diesel: 8,50
Baño: 1,50
Compras de tienda: 4,75
Parqueadero hospedaje hotel: 20

TOTAL: 73,85

Mapa de la jornada:
Kilómetros: 197




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