Enero 5 de 2011
Hoy fue un día largo, raro, difícil, asustadizo, preocupante y feo, pero de cierta forma también divertido. Aunque es bueno poder decir “menos mal que finalmente se terminó”.
Todo comenzó bien. A las 7 de la mañana nos levantamos en el cuarto de hotel en Máncora. Esa pequeña ciudad turística alrededor de una playa hermosa en el pacífico. Mi padre (Carlos Omar) y mi hermana (Laura) salieron a correr bien temprano por la Panamericana hacia el sur, mientras mi madre (Luisa) y yo salimos a caminar por la playa, nos metimos al mar y disfrutamos del esplendido paisaje adornado por surfistas de todas las formas que se entretenían con las impetuosas olas del pacifico, que a esta altura del continente no tiene nada de calmado.
Regresamos al hotel todos al mismo tiempo (por pura casualidad) y nos turnamos para bañar, hacer desayuno (en la cocina comunitaria del hotel), entrar a Internet y recoger las cosas. Desayunamos juntos en un espacio comunitario mientras alrededor también lo hacían una familia francesa y una pareja peruana.
Parqueado al lado de nuestra camioneta había llegado la noche anterior, un súper 4x4 también adaptado para servir de carro-casa. El carrazo que parecía salido del Rally Argentina- Chile (ex Paris –Dakar), estaba lleno de calcomanías de varios países y para nuestra sorpresa contaba con placas oriundas de Francia. Efectivamente pertenecía a aquella familia francesa que desayunaba a nuestro lado. Una pareja joven (de no más de 35 años) y dos hijitos pequeñitos divinos de 4 y 5 años, componían la familia viajadora que por casualidad compartía hotel con nosotros por una noche.
Mientras íbamos y veníamos trayendo y llevando cosas de la camioneta nos cruzábamos con los franceses, hasta que en un momento Thomas, como resultó llamarse el papá francés, se me acerca a preguntarme (en un español perfecto) si tenia un mapa de Colombia, pues no habían podido conseguir uno y quería saber como llegar hasta una pequeña ciudad al lado de Bogotá, llamada Chía ¿pueden creer la coincidencia?. Cuando le dije que nosotros vivíamos en Chía, la pequeña conversación de hall se convirtió en un largo intercambio de tips de viaje, de correos electrónicos y de detalles varios. Ellos vienen viajando desde Argentina donde llegaron en avión y donde recogieron su carro que enviaron en barco desde Francia. Tienen 6 meses para recorrer casi toda America Latina y ya han pasado por Argentina, Chile y Bolivia. Uno de los grandes intercambios de viaje fue un panorama detallado de la ruta hasta Machupichu así como de hoteles, zonas de camping y cuestiones de seguridad. El habló con detalle de Perú y Bolivia y yo le hablé de Ecuador y Colombia.
Mientras tanto mi padre revisaba la camioneta, rutina que realiza cada dos a tres días, pero para su sorpresa y la nuestra, el radiador estaba roto. Al parecer había un pequeño agujero, del cual goteaba el refrigerante. Realmente estábamos en problemas., ¿donde carajos íbamos a encontrar que lo repararán?. Un poco de jabón de ropa en barra diluido en agua sobre el “presunto” hueco ayudó a detener la fuga mientras salíamos del hotel y llegábamos a una ciudad mediana donde arreglarlo. Saliendo de Máncora hacia el sur, el desierto empieza a pronunciarse y la Panamericana se convierte en una carretera desolada en medio de la nada. El pueblo más cercano con apariencia de poder solucionar nuestro lío era Talara y hacia él nos dirigimos. Tuvimos que salir de la Panamericana como unos 10 kilómetros o más por entre una carretera pequeña alrededor de la cual solo había desierto, pocas y tristes casas en madera y mucha basura.
Parqueamos en el primer lugar donde nos dijeron que podríamos reparar el radiador. Estábamos en la entrada del pueblo, un lugar bastante pobre. Del taller salió un chico no mayor de 24 años y era él quien iría a reparar el radiador. Dio una mirada general y comienzó a desbaratar el motor. De repente llegó la policía en un camioneta. Se parquearon detrás de nosotros y nos hicieron señales para que nos acercáramos. Nos pidieron los papeles del carro y nuestros pasaportes. Después de chequear que todo estaba en orden nos dijeron que estábamos en un sitio peligrosísimo, en el cual roban en bandas de 15 y que justo en ese momento había un grupo de personas mirándonos desde los alrededores, menor dicho que estábamos en serios problemas. Claro también dijeron que ellos “muy amablemente” podían quedarse cerca de nosotros, cuidarnos y acompañarnos de regreso a la Panamericana cuando todo se solucionara, eso sí no por menos de 100 soles (“…la policía te esta extorsionando, dinero, pero ellos viven de lo que tu estas pagando…”).
Unos minutos después uno de los tombos se acerca a Laura y a mi, que estábamos dentro de la camioneta, nos muestra su fusil y nos pregunta si teníamos uno igual en nuestra casa (¿perdón?) le dijimos que de ninguna forma, que como se le ocurría y el terminó diciendo algo como “si verdad son las FARC los que tienen unos de estos” (¿este tipo de sujetos van a “cuidarnos”? ¿y quien nos cuidará de ellos?). Así empezó el pequeño infierno en Talara “cuidados” por dos policías armados y en medio de un pueblo que nos miraba con cara de pocos amigos.
Mi padre y el chico del taller terminaron de desmontar el motor, bajaron el radiador y se pusieron en tarea de encontrar el hueco y taparlo. El calor, los moscos, los ojos extraños inventariando la camioneta, dos policías con fusiles y una sensación de ansiedad se apoderó de nosotros por un poco más de una hora. Finalmente después de una hora (que pareció un siglo) arreglaron el daño y empezaron a montar todo de nuevo. Justo ahí los tombos se acercaron para decir que iban a dar una vuelta y que ya venían (estaban esperando sus 100 soles). El arreglo costó 25 soles y 7 más que le dimos al chico mecánico, que había tenido la mejor actitud en medio de un panorama tan desolador. Prendimos el carro y nos quedamos esperando a los tombos, que ya se habían alejado hacía más de 20 minutos. El chico mecánico ya nos había dicho que Talara no era tan peligroso, que si tenia sus problemas pero que los tombos exageraron para “picarnos” es decir para sacarnos la plata. Eso lo sabíamos desde el principio, pero volarse de la policía nos parecía aun mas complicado. Èramos extranjeros y teníamos que tener en cuenta que los se habían quedado casi por una hora bajo el sol parqueados a nuestro lado, obviamente querían los 100 soles.
Esperamos 5 minutos, 10 minutos, 15 minutos y no se venían por ningún lado. Decidimos salir volados a la Panamericana. Al final los que estaban haciendo algo ilegal eran ellos. Mi padre andó a más de 100 km por hora por las pequeñas calles de Talara. Alejándonos de lugar con un poco de pánico, todos mirábamos por todas las ventanas de la camioneta con la angustia de ver el carro de la policía siguiéndonos. Luego que salimos a la vía principal no podíamos dejar de pensar que nos habían reportado con sus “parceros” policías y mas adelante nos pararían con quien sabe que historia. Seguimos por la Panamericana al sur a más de 100 en medio de la tensión. Estar lejos de Talara nos daba un poco de tranquilidad pero la idea de ser reportados a la policía no salía de nuestras cabezas.
Saliendo de Talara el paisaje se convierte en un completo desierto. Para llegar a Piura hay que recorrer 120 kilómetros donde no se encuentra nada o casi nada, solo una carretera en medio del desierto, ni gente, ni casas, ni carros, ni nada. Y nosotros que éramos fugitivos de la policía pasamos ese lugar sin parar ni un minuto, ni para mirar a atrás, ni aún cuando se cayeron dos puntillas de las que se sostienen las bicicletas en la parrilla de la camioneta nos detuvimos. Pasamos Piura tanqueamos y sin bajar los 100 kilómetros por hora pasamos el desierto de Sechura con rumbo a Chiclayo, en medio de un ventarrón tremendo que sacudía la camioneta de lado a lado y exigía del piloto una gran habilidad para sostenerla estable. Queríamos estar lo más lejos posible de Talara y no queríamos saber de la policía. No paramos ni a comer. Hicimos un almuerzo veloz en medio del movimiento aprovechando las latas de atún y verduras que teníamos en nuestra cocina para hacer un pequeño revuelto de todo. Sólo cuando llegamos a Chiclayo y que encontramos un hotel donde resguardarnos, respiramos de nuevo.
Ahora son las 9 de la noche. Estamos en un hotel sanos y salvos pero cansados, no sólo porque la jornada fue larguísima, sino porque gastamos todas nuestras energías en esas horas de angustia. Mi padre esta rendido, él dirigió todo el camino sin descanso. Chiclayo tampoco es una ciudad muy amable, o por lo menos no en la zona donde conseguimos hotel por eso decidimos ni salir, pedimos unos sándwiches a domicilio y nos los estamos comiendo entre la cama. Tenemos Wi-fi y ducha con agua caliente, por hoy solo nos queda descansa y esperar que el camino a Lima tenga una cara más amable.
Cuentas de la jornada:
Jugos de naranja: 6
Diessel: 126
Radiador: 25
Propina: 7
Gaseosas: 4
Compras en droguería: 3
Comida: 38
Parqueadero: 3
Hotel: 65
TOTAL: 277 Soles
Mapa de la jornada:
Kilómetros: 385
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