Diciembre 30 y 31
A las 6:20 de la mañana el muchacho que atendía en la estación de gasolina, que nos había permitido dormir allí, golpeó en la ventana, diciendo que era hora de salir. Perfecto, recogimos todo rápidamente y salimos en menos de 15 minutos. No habíamos dormido muy bien, pero pudimos descansar un poco.
Dejamos Chone con mucho placer, la verdad no nos gustó ni un poco el pueblo y ya teníamos muchas ganas de llegar a la playa. Además valga la pena decirlo, ya hacía dos días que no teníamos un baño cómodo y mucho menos una ducha. En menos de dos horas divisamos al fondo en el horizonte, el azul verdoso y añorado Océano Pacífico. Desde que los avisos en la carretera nos daban la bienvenida a Manta, el mar y sus barcos camaroneros nos llenaron de un nuevo aire, de ambiente de vacaciones, de playa brisa y mar. Manta es una ciudad fashion, no tanto como Floripa, pero si llena de hoteles, grandes edificios cachezudos, carros costosos y restaurantes elegantes. Un detalle interesante: en todas las puertas, ventanas y carros habían monigotes, que son como año viejos pero hechos de papel maché de todas las formas posibles, Batman, Goku, Puka, la Sirenita, el Capitan America, Barni, Gudi y Buzz de Toy story, así como otros desconocidos que irian a ser quemados a media noche, inundaban Manta. Dimos una pasada general y decidimos movernos hacia la salida para encontrar un lugar tranquilo, medio solitario y propicio para acomodarnos unos días, recargar energías y deleitarnos en el mar.
Un poco después de las 9 llegamos al Hotel Barbasquilllo, exactamente el lugar que estábamos buscando. Un lugar con piscina, restaurante, Wifi, zona de camping apropiada para carros casa y lo más importante de todo, una hermosa PLAYA solitaria. La zona de camping alejada de todo el movimiento del hotel, contaba con conexiones de energía, baños con duchas, agua y unos arbolitos que ademas de darnos sombra nos permitieron colgar unas cuerdas para extender nuestra ropa.
Primero lo primero, desayunar. Hicimos un jugo de Mango, café Quindío venido desde Armenia (regalo de navidad de nuestros amigos cuyabros), huevos revueltos, pan integral con mantequilla y mermelada y queso. Luego mientras Carlos Omar y Luisa organizaban el desorden de la camioneta y adelantaban el almuerzo, Mafe y yo entrábamos a Internet, nos reportábamos y adelantábamos el blog.
Paso a seguir almorzar (pasta con salsa de champiñones) y a la Playita. El mar aquí es calmado, una que otra ola, pero nada movido y poco profundo. La arena de la playa es café oscura y compacta. No hay casi piedras ni conchas. Un viento ligero y amable sopla permanentemente refrescando el ambiente caluroso y posibilitando a los pelícanos y gaviotas danzar sobre nuestras cabezas buscando pececillos hacia los cuales lanzarse en picada. El paraíso sin duda tiene que ser algo parecido a esto.
Jugar con las olas, nadar un poco, leer algunas hojas de un libro, tomar fotos, broncearse, dormir y no hacer NADA más, fue lo que hicimos el resto de la tarde. Por días como este es que aguantamos una noche como la anterior, sin dudas aguantaría otro Chone a cambio de más días en el mar Pacífico. Cuando el atardecer y el frío nos sacaba del agua, salimos a bañarnos en una ducha limpia, a tomar onces y a montar la carpa de piso para que Mafe y yo pudiéramos dormir cómodamente, definitivamente el primer piso de la camioneta no es el mejor lugar para dormir al lado del mar.
Una vez instalamos nuestro hogar por un par de días, salimos a caminar por Manta y a tomarnos unas cervezas. Extrañamente el malecón al lado del mar estaba solísimo, los restaurantes cerrados y apenas nos cruzamos con unos turistas al parecer Rusos. Nos sentamos en un barcito pequeño donde nos tomamos una Pilsener y brindamos por haber llegado hasta la playa. Como una cerveza da sueño y todos estábamos cansados volvimos arrastrando los pies hasta el hotel y caímos profundos.
Mafe, sin embargo, pidió una cerveza en el hotel y se sentó en su computador, a chatear con amigos y a pasar el rato, y sólo después de la media noche cayó rendida a mi lado.
Dormir al son del mar movido por el viento rompiendo en la arena, es terapéutico. Antes que amaneciera los pájaros me recordaron que era hora de salir a correr, pero al abrir la ventana de la carpa me di cuenta que hacía demasiado frío. Entonces esperé. Salimos con Omar un poco después de las 7 y corrimos casi una hora por la playa. Varios corredores y caminadores merodeaban el lugar a esa hora, pero como el espacio es amplio y la vista al mar da esa sensación de libertad, pues uno se siente corriendo sólo en el mundo.
Llegamos hasta el puerto donde están todos los barcos camaroneros y nos regresamos por el mismo camino, corriendo y caminando con calma. En la playa del hotel estaba Luisa caminando y a su alrededor había un grupo de unas 12 personas vestidas con batas blancas y manos cruzadas como rezando, tal vez despidiendo el 2010 o tal vez en un extraño ritual religioso. Yo no lo dudé ni un minuto, sólo me quité los tenis y fui directo al agua, que aunque fría estaba espléndida. ¿Qué mejor manera de terminar el año que haciendo deporte y nadando en el mar?
Carlos Omar y Luisa también terminaron en el agua y sólo el hambre nos sacó de vuelta a la tierra firme. El desayuno fue el mismo del día anterior aunque sin jugo de mango y con adición de cereal con leche o yogurt. El plan a seguir fue bañarse y adelantar un día más en el blog, mientras otros tomaban siesta y Mafe nadaba en la piscina.
El almuerzo fue un plato hecho en casa (o en casa-camioneta para ser más exactos), compuesto por lentejas, arroz, ensalada de atún con verduras y aguapanela fría. Después de eso nos lanzamos de nuevo al mar y aunque había menos sol que el día anterior, el mar estaba caliente y un poco más movido, apenas para jugar con las olas y ver el atardecer entre el agua. Estuvimos ahí hasta las 6:40 y nos fuimos a bañar y organizar para salir a algún lugar a comer algo decente de final de año.
Organizarnos, descansar, peinar a Luisa (sin secador) y mamar gallo nos llevo a salir casi a las 9 y 30. En el hotel había un súper plan rumbero, con cena de año viejo, show de 3 orquestas en la discoteca y juegos pirotécnicos en la playa. Sin embargo era costoso, casi 40 dólares por persona y por eso decidimos salir a buscar un restaurante donde pudiéramos pagar con tarjeta y no gastar nuestros preciados dólares. Caminamos y caminamos esperando un taxi, y sólo encontramos uno cerca del la zona de restaurantes.
Queríamos comer frutos de mar, entonces el taxista nos llevó a un lugar pequeño pero lleno, donde vendían de todo un poco a buen precio. El problema fue que sólo atendía un muchacho, que ni se mosqueó con nuestra presencia y nunca pero nunca nos tomó el pedido. Salimos de allí casi a las 10 y 40 en la búsqueda de otro lugar, lo cual no estaba fácil, lo que no estaba cerrado había sido apartado para fiestas y comidas privadas. Decidimos coger otro taxi, que con una tosquedad infinita, nos dio vueltas por las mismas calles que ya habíamos caminado y nos dejó exactamente en el mismo lugar.
Lo bueno fue que conseguimos ver un restaurante Argentino que estaba abierto y tenia la mejor cara de la noche. Estaba lleno pero conseguimos mesa rápidamente. Tango, bifé de chorizo y sangría fueron nuestra cena de final de año, que justo terminamos comiendo mientras afuera retumbaban los juegos artificiales y se quemaban los monigotes y adentro las familias se abrazaban y se deseaban feliz año.
Antes de la 1 volvimos al hotel que se estremecía al ritmo merengue de una de las orquestas en vivo de la noche y sin dudarlo nos instalamos en nuestra suite y dormimos. Así entre el mar, la comida argentina y el sueño pasamos al 2011.
Costos de la jornada:
Hospedaje: US 40
Cervezas: US 8 (en el hotel y en la alameda)
Botella grande de agua para cocinar: US 1,60
Taxis el 31: US 5,60
Comida de final de año: US 62,95 (pagado con tarjeta de crédito)
TOTAL: US 118,15
Mapa de la jornada:
100 kilómetros
Ver mapa más grande

Nenhum comentário:
Postar um comentário