En el primer piso de nuestro hogar se sintió bastante frío y como las cobijas estaban guardadas en el baúl del techo de la camioneta, pues básicamente nos congelamos a la madrugada, pero sobrevivimos sin secuelas. Salimos del súper hotel que habíamos encontrado, a las 7 de la mañana y dimos algunas vueltas por Otavalo a la búsqueda de desayuno y de artesanías baratas. Como bien lo sabíamos todas las artesanías ecuatorianas que venden por las calles de ciudades como Bogotá y hasta Floripa son de Otavalo, así que con seguridad debíamos encontrar cosas buenas y baratas.
Llegamos al mercado principal, donde nos encontramos con una fiesta de colores deslumbrante. Ropa, cobijas, gorros, tejidos, brebajes y hasta calzones amarillos inundaban el lugar. La mayoría, si no todos los vendedores y vendedoras, eran indígenas. Las mujeres vestidas con sus lindas faldas negras amarradas con tejidos de colores a la altura de la cintura y con camisas blancas bordadas. Los hombres vestidos con jeans y camisetas y con su cabello negro largo amarrado en trenza. El quichua resonaba por aquí y por allá. Era imposible esconder lo turistas que éramos.
Primero fuimos a la galería a desayunar. La gente que atendía y la que desayunaba era indígena, familias enteras sentadas deleitándose con un manjar envidiable: algo como arroz, frijoles y hiervas verdes cocinadas. Llegamos a una esquina donde atendía una mujer blanca (fue casualidad y no racismo que quede claro). Pedimos dos cafés que venían con pan y queso y dos aguas de anís. También quisimos probar unas tortas de papa frita que estaban expuestas en la barra y que no sólo parecían, sino que definitivamente eran exquisitas.
En el mercado encontramos algunas de las artesanías que queríamos, compramos unos chumbes (tejidos de colores de menos de 10 centímetros de ancho que sirven para amarrarse en la cintura o en el cabello) una camiseta, un vestido y un gorro para el frío. Los precios en este lugar son realmente baratos y mejores aún si uno quiere llevar por docena, lástima no tener más dinero para comprar más cosas para regalar y hasta para vender. Uno de los aprendizajes del momento fue una palabra en Quichua PAY que quiere decir gracias. Así que “Pay” Otavalo por tus bonitas artesanías y por el colorido de tu pueblo que las hace y que nos trató con mucho cariño, por algunas poquitas horas.
Salimos rumbo a la capital que está a menos de dos horas. Quito es una ciudad polifacética, una mezcla entre historia y desarrollo. Su centro histórico lleno de catedrales, calles empedradas y construcciones coloniales, contrasta con sus grandes autopistas, su sistema de transporte integrado y sus barrios elegantes. Sin embargo es una ciudad sin parqueaderos. Pasamos casi una hora buscando un parqueadero en el centro, para dejar la camioneta y caminar por ahí, pero no encontramos nada. Tuvimos que dejar el carro en un Supermaxi, un supermercado cerca de la Superintendencia de Bancos y coger un taxi hasta el centro histórico. Dimos vuelta por la Plaza Grande y por algunas calles principales. Luego fuimos a la oficina de turismo, donde conseguimos unos mapas regalados y compramos otro mas completo, con el detalle de todas las vías del país. Regresamos al Supermaxi a comprar algunas cosas que faltaban en el mercado y nos parqueamos en una bahía a esperar y almorzar.
Esperábamos que abrieran unas cabinas telefónicas para acceder a Internet y hacer unas llamadas de larga distancia. Pero eran las 2 de la tarde y al parecer los Quiteños tienen un horario de almuerzo diferente al colombiano. Mientras esperábamos hicimos unos sandwichitos con yogurt y nos cominos unas frutas que llevábamos. Pero yo entre en crisis de hipoglicemia: mareo, baja de tensión, dolor de cabeza y sensación de desgano…¡fantástico, era eso lo que faltaba!
A eso de las 4 conseguimos llamar, acceder a Internet y subir la glicemia y salimos rumbo a la playa que se había convertido en nuestro nuevo objetivo de viaje en Ecuador. Andamos en dirección al sur para no perdernos mucho de la Panamericana. Así que decidimos caminar en dirección a Bahía o Manta, pasando por Santo Domingo de los Colorados en la provincia de Santo Domingo de los Tsáchilas.
Andamos y andamos. Para llegar a Santo Domingo hay que pasar por una montaña enorme cuya carretera recuerda la de la Línea allá en Colombia, aunque es mucho más amplia y menos inclinada. En la parte más alta tiene aproximadamente 3400 metros. Las bajantes de agua, así como las cascadas nos recordaron que Ecuador es uno de los principales productores de agua del mundo, gracias a sus páramos. La neblina espesa no nos dejaba andar muy rápido, en realidad no se veía casi nada, lo que hizo la subida bastante demorada. Bajando nos demoramos algo más de una hora, las curvas cerradas y los tramos donde están arreglando la vía aminoraron aún más nuestro paso. Finalmente llegamos a Santo Domingo, donde ya era casi de noche. Decidimos seguir, en el mapa Bahía parecía relativamente cerca.
Andamos y andamos, cruzando por pequeños caseríos donde no creímos encontrar opciones de hospedaje. Finalmente llegamos a Chone en la provincia de Manabí. Feo, pero feo, mejor dicho horrible era el pueblito, pero en todo el camino recorrido era el único pueblo medianamente grande que podía ofrecernos lugar para pasar la noche. Calles destapadas, encharcadas y llenas de barro, casas de dos pisos con paredes de cemento sin color y un ambiente sórdido medio asustador. Decidimos seguir a buscar otro lugar, pero la carretera rumbo a la playa era más pequeña, oscura y solitaria que en la que veníamos.
Eran más de las diez de la noche, no era seguro seguir. Así que regresamos de nuevo a buscar cualquier cosa para quedarnos, un hotel, un parqueadero o lo que fuera. Decidimos parar a comer algo en una parte de la ciudad que parecía menos peligrosa. Las calles estaban asfaltadas y habías casas elegantes, pero ni un solo parqueadero o hotel. El lugar elegido para comer fue un pequeño restaurante de comidas rápidas donde habían unas mesas y sillas al aire libre y varios carros parqueados sobre la calle. Nos atendió una elegancia de “choneño”. Nos ofreció carne con verdes y otra cosa que ni me acuerdo el nombre. Todos hicimos cara de “no entendemos nada” y el nos trajo un plato con verdes y aquellas otras cosas. Pues bien, el asunto era plátano verde en rodajas y plátano maduro en tajadas. Ja, ja, ja, eso si que lo conocíamos. Entonces el menú de la noche fue carne con verdes para todos, dos Incacolas para tomar y una descripción detallada de Chone incluyendo parqueaderos, hoteles y todo.
Al final decidimos parquear en una Estación de gasolina en el lado decente del pueblo, el lugar más seguro y cómodo que pudimos encontrar. Perfecto, hasta baño tenía el sitio. Parqueamos el fondo de la estación, tapamos las ventanas, recogimos nuestras cosas para dormir y armamos los dos pisos.
El de encima como siempre fue de rápida organización, pero el primer piso fue toda una terapia, especialmente porque estaba haciendo mucho calor y como no tenemos manera de tapar las ventanas dejando que el aire entre a la camioneta, pues todo parecía un sancocho hirviendo, o un sauna, como quieran llamarlo. Debido a las condiciones “adversas” decidimos no inflar el colchón e intentar dormir en las sillas de la camioneta adecuándolas de la mejor manera. La estrategia moverse lento, muy lento para no acalorarse más de lo ya estábamos y montar todo rápido para que amaneciera más rápido y saliéramos pronto de ese lugar poco amable.
Costos de la jornada:
Desayuno: US 3
Artesanías: US 24
Peajes: US 3,60
Diessel: US 11
Mercado: US 32, 87
Tiner: US 1,50
Taxis en Quito: US 4,6
Mapa de Ecuador: US 5,40
Libreta de anotaciones: US 1,50
Llamada internacional: US1,50
Frutas: US 5
Comida: US 4,50
Parqueadero en Estación de Servicios: US 2,50
TOTAL: US 100,97
Mapa de la jornada:
380 Kilomentros
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